sábado, 30 de mayo de 2015

Gruvia (fanfic de Fairy Tail)

Vivir eternamente bajo la lluvia es como una canción mortecina. Como tapar una pequeña lámpara que se ahoga con un velo de seda gris. Arroja una luz sucia. Aplomada. Desvaída. En una palabra, mortecina. Mortecina es una palabra que a ella le recuerda a oscuridad. La falta de luz es su color. Si alza sus ojos hacia el cielo, solamente ve perezoso algodón blanco aderezado con ceniza. A veces cree que es un espejo de lo que encierran sus suspiros. Su suave caminar, lento y cadencioso, y su voz susurrante marcando un susurrante tempo. Tin, tin, ton. Tin, tin, ton. Como salpicar de agua. Como los pasos de un baile. Así es. Cuando empieza a llover, es cuando comienza su canción, las gotas tempranas imitando los primeros compases de una suite. Su apagada canción mortecina.

La Mujer del Agua vaga perdida como agua en un canalón: avanza con decisión, pero no sabe a dónde va. La ciudad está llorando. Llora desde los balcones, desde las cornisas, desde los alféizares de las ventanas. Llora porque el cielo está gris, y el sol no asomará el rostro hasta que ella se vaya. Agacha la cabeza bajo su florido paraguas. Su rostro, carente de expresión, como un estanque, oculta una cierta melancolía. A veces los muros son suficientes para suplir el dedo acusador. Aunque no haya ojos que la miren, su corazón siente. Siente porque tiene memoria. Tal vez sus ropas son un intento de sustituir la alegría del cielo azul.

Sigue lloviendo más. Más. Arrecia. Cadenciosa y silenciosa, tin, tin, ton; tin, tin, ton, camina bajo su inextinguible amiga, responsable de su soledad porque nunca la deja sola. Parece que intenta animarla con su abrazo, pero eso sólo lleva a más de sí. Gotas, gotas, cayendo, cayendo, y la canción se eleva con los violines llorando. Las cuerdas son tristes con su sabor de agua. Tras el trago, dejan un regusto a desesperación en el alma.

Camina y camina, errante como una gota que busca la tierra. Da vueltas al paraguas sobre su hombro, con sus pequeñas manos. Va pensando en esta lluvia que la acaricia. Es celosa. Se llevó a todos sus amantes para tenerla para sí. Tejió una nube de odio frío a su alrededor para alejar a quien pudiera quererla. Ella dijo “Eres mía, nací contigo y después de ti moriré”. Al ser uno con la lluvia, la Mujer del Agua acabó siendo como ella. Tal vez ése sea el motivo de que su amor, al igual que el del agua, es un amor que finalmente ahoga.

Mira hacia el espejo celestial, con unos ojos que no quieren decir nada y una garganta que quiere gritarlo todo. A veces lo peor es tener que asumirlo. Obligarse a aceptar que es así, y resignarse sin fuerzas, entregándose a las manos que hacen de su rostro una expresión inerte. Incluso la alegría de jugar bajo las cosquillas de la lluvia se había extinguido. La ama porque es parte de ella, pero una parte de sí quiere dar un abrazo a los rayos del sol, y dejar entrar su calor. Porque todo aquél que la desea a su lado la quiere únicamente para hacer llover.

La Mujer del Agua camina, camina. Camina como un río que sabe llegar al mar, pero que no lo conoce. Avanza seguro y decidido por su sendero, con porte confiado, pero en el fondo se halla perdido, perdido y solo. Sólo hay un destino, y la única forma de liberarse es consumirse y volar. Volar lejos del mundo para volver a él en forma de gotas de agua, sólo para volver a empezar. Ella quiere quebrar su destino. Ella desea que el río pueda alargar la mano y tocar.

Tocar… acariciar… un estremecimiento, toca su corazón, al tiempo que en su rostro parece encenderse un sereno resplandor. No sonríe todavía. Debe dejar que sus ojos sorprendidos entiendan que él está delante de ella, irguiéndose de pie bajo la lluvia que le da puñetacitos de protesta. Un trueno suena y las gotas se embravecen, desatando su furor, respondiendo a la vez a una ira furiosa y a una poderosa emoción. Tanto más fuerte late su pulso, tanto más enfadada está su madrina. Él no parece prestar atención a la rencorosa lluvia, que pide a su acompañante el viento que le grite. Él sólo tiene ojos para ella. La observa fijamente, con sus ojos oscuros como los abismos de un océano insoldable, recostado relajadamente en la pared, las manos indolentes guardadas en los bolsillos.

Ambos se acercan, como si estar lejos fuera extraño. Se saludan y hablan como si tal cosa, pero con una extraña seriedad. Ambos están ausentes. Ambos piensan en otra cosa. ¿En qué pensará él? Ella sólo piensa en lo mucho que desea extender su mano y tocar su corazón de hielo. Escuchar, sentir cómo él la ama, y dejar que su amor se extienda por todo su cuerpo, congelándola para siempre en un sarcófago helado de felicidad. Hielo y agua, elementos afines. Ella desearía danzar con él como en una dulce nevada. Recorrer con los dedos su piel como gotas que se deslizan por los carámbanos en primavera, gotas que se vuelven sólidas con la caricia del invierno. Hielo fundiéndose y agua helándose, una y otra vez en el ciclo de un abrazo, hasta fundirse ambos en escarcha líquida derretida por la pasión, convertida así en aire, en aliento eterno. Un aire cálido que empujaría las nubes de lluvia lejos de su corazón.

Porque su frialdad es solamente para él un arma y un escudo. En su interior también hubo oscuridad, pero fue desterrada por manos amigas, manos que ahora buscaban también la suya, siguiendo la de él. Porque él la sujetó en sus brazos para salvarla de caer, a pesar de… a pesar de tantas cosas. Sin importar qué, sin importar la lluvia, él mostró la otra cara del cierto frío de su piel, y el sol brilló para ella por primera vez. Y ahora todo lo que ella anhela es sentir el tacto helado de aquellos brazos una vez más. Y escuchar a la oscuridad despedirse con pena y con nostalgia, pero con la alegría del que sabe que así será mejor.

Por eso ella lo busca, como el sediento busca calmar la sed. Verlo trae dicha y alegría. Verlo aleja los nubarrones, y ella así puede recordar que esos días de tormenta están quedando atrás. Que por fin hay quien canta a la lluvia con los brazos abiertos, y sin paraguas que lo cobije. Ella busca ese delicioso escalofrío que la hace temblar cuando los ojos de ambos se encuentran. Sonríe al mirarlos con el amor que se derrama fuerte desde su pecho. Verla sonreír es oír a la lluvia cantar. Su pesada tonada habitual, teñida de monotonía y apatía, se convierte en una dulce nada que mece el mundo. Él le devuelve la mirada, y esta vez hay algo más en él. Conversan, como siempre, nada parece ser diferente… Pero algo se esconde. Algo que lleva dentro y que tal vez quiera decir. Ella le regaña con cariño porque la lluvia baña su torso desprovisto de camisa, a la vez que observa con envidia. ¡Quién fuera uno con su nodriza para resbalar hacia la muerte besando su cuerpo! Él responde con bienhumorada indiferencia. No sentirá frío por la lluvia. Ella, cuya piel también es fría, piensa que él nació para ella.

En un audaz acceso de valentía, extiende la mano, como cruzando un abismo prohibido entre los dos. Sus dedos siguen el rastro de una gota de lluvia distraída, que surca la marca de la que es su familia. Hasta la tinta es azul, al igual que sus ojos. Entonces, él le toma la mano, con delicadeza, y dice su nombre. En voz baja. Juvia. Gray. Ella no sabe si llega a decirlo. Está sorprendida y congelada, como si él la hubiera hechizado con su magia. Juvia, vuelve a decir. Sus ojos son muy serios, pero las palabras parecen difíciles. El instante permanece suspendido en el limbo entre los segundos, mientras el corazón de ella intenta acordarse de cómo latir. No sabe exactamente qué va a suceder, pero el tacto dulcemente escalofriante de sus dedos acariciando el dorso de su mano es firme y dolorosamente real. Como un sueño que se cumple sin esperarlo. Finalmente, él le dice que la ama.

El abismo insoldable del tiempo se hace todavía más amplio para después comprimirse dolorosamente, en forma de un latido encogido que quiere crecer con fuerza demasiado rápido. El mundo se termina en una solitaria lágrima que arde a través de su mejilla, consumando el llanto apagado de sus deseos más profundos. La incredulidad es su primera reacción. No siente como algo posible que su anhelo  sagrado haya sido consentido por la lluvia implacable. Apenas es consciente de que balbucea algo, una palabra, preguntando, sin comprender. Pero entonces el mundo vuelve a nacer en una segunda lágrima, que él limpia dulcemente, como borrando un pecado, al mismo tiempo que repite sus palabras. Juvia, te amo, dice Gray.

Ella quiere negar. Una parte de ella quiere negar, al tiempo que llora dolorosamente. Tiene miedo de la lluvia. Tiene miedo de su celosa madrastra y amante. Tiene miedo de la felicidad que amenaza con embargarla hasta hacerle perder la razón por completo. Tiene miedo de entregarse al frío invierno para después ser azotada por una primavera amarga que derrite los hielos. Tiene miedo de que esto no sea más que una trampa cruel urdida por su propia mente, y de verlo desvanecerse ante sus ojos, convertido en agua de lluvia. ¿Por qué?, pregunta ella. Es una pregunta que él no entiende, y es comprensible, porque encierra muchas preguntas. Pregunta por qué la ama. Qué es lo que ve en ella para ser capaz de amarla ahora, ya que tantas otras personas comenzaron amándola y acabaron odiándola. Por qué en su momento ella tendió aquellas manos heladas y fuertes a un enemigo al que debió matar. Por qué ha estado a su lado y la ha aceptado como parte de su familia, cuando nadie más lo hizo. Por qué, por qué, por qué. Tin, tin, ton. Tin, tin, ton. Preguntas innumerables y sin respuesta, igual que las innumerables e incontestadas gotas de la lluvia que arrecia. Cuestionar el amor es cuestionar una lágrima, una nube, un suspiro o una estrella. Sería mejor cuestionarse un imposible, como si las hadas tienen cola.

Pero él niega con la cabeza, despejando con tan simple gesto todas las preguntas sin sentido. “Simplemente te quiero, Juvia, no tienes que entender por qué”, parece decir con sus ojos marinos. Ella se estremece por una sensación ajena al frío cuando él, delicadamente, toma su cabeza entre sus manos y se inclina hacia ella. Su corazón vuelve a pararse, como el cielo guardando silencio antes de sacudir el timbal que anuncia la tempestad.

La lluvia, furiosa e impotente, se desata con una cólera destemplada en cuanto sus labios se tocan, rugiendo los truenos que contenían el aliento en el pecho de ella. A su pesar, la sinfonía bajo el arco celestial es puro júbilo tocado desde el alma de Juvia. Relámpago respondiendo a relámpago en batalla tenaz, compás guerrero marcado por el tambor que bate la sangre, el agua, dentro de ella. Su cuerpo se envara mientras cascadas brillantes se precipitan con alegre inclemencia desde el cielo, en respuesta a la pasión que dentro de ella florece apresuradamente, como un río retenido por un dique roto. Las gotas aplauden la dicha de Juvia. Voces a coro jalean victoriosas en el viento que azota sus cuerpos, empujando el uno hacia el otro. Ella levanta los brazos y rodea su cuello, bebiendo de ese beso, respirando del instante. Enciérrame en tu hielo, Gray, y nunca, jamás, me dejes en libertad, piensa ella. Los brazos de su amado recorren su piel, su ropa, acarician su cuerpo lleno de curvas empapadas. Unos brazos fríos que, no obstante, ella no puede percibir sino como cálidos. Los largos años de soledad se apagan… se evaporan… Como aquel día, ella puede ver el sol, el sol que rutila dentro de él. Un sol helado, con rayos cortantes con filos de hielo, cuya luz azul y fría evapora su pena y hace cristalizar en torno a ellos su pasión. Herida de amor, ella se entrega al martirio, dulce como su abrazo. Si el sufrimiento ha de ser languidecer en una prisión helada por la eternidad, oh, qué dulce es el padecer para Juvia. Por fin se abrazan hasta no saber quién es agua y quién es hielo, como tanto había deseado. Se funden. Se funden. Son un solo espíritu y materia, transformándose al capricho de las emociones. Sus alientos agitados se encuentran. Miradas contra miradas. Labios que se besan y se muerden. Dedos enredados en cabellos. Cuerpos separados únicamente por ropas.

Ella quiere convertirse en un carámbano perpetuo mientras le abraza, y así quedar encadenada a él para siempre. No ha asimilado todavía que no será necesario, porque él no tiene intención de apartarla de su lado jamás. Pero la lluvia espectadora, una vez resignada a que su niña se le escape entre los dedos, como escapa el agua joven en la cuenca de la mano, se calma y sonríe, aplacando su ira para volverse un dulce manto cristalino. La lluvia sabe lo que se esconde en el corazón gélido de él, y sabe que la Mujer del Agua solamente tiene que tener paciencia. El tiempo le acabará enseñando que su amor es de verdad, y no solamente una quimera aleatoria levantada por unos bonitos ojos. No hay humo ni sombra. Sólo el hielo crudo y transparente, como Gray. Un hielo que no obstante es capaz de amar. ¿Cómo no van a amarse el agua y el hielo, si su esencia es la misma? Así pues, la madrina de Juvia arropa a los amantes bajo el resplandor de las nubes y en el abrazo del agua, sabiendo que para ellos no hay frío o calor que pueda ser más fuerte que el fuego interno que los impulsa. En su seno algodonado sigue tocando la orquesta. Violines huracanados. Percusión tronante. El corazón de Juvia late… y la lluvia late con él.

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